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La geniera...y otros cuentos

Ficción

No sé porque nos hemos quejado tanto de la impronunciabilidad del volcán islandés, cuando en castellano tenemos palabras con la friolera de cuatro consonantes seguidas

La cuestión es quejarse...

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...ni nuestros

Es curioso como en la más absoluta monotonía algo destaca. Algo que llama tu atención y te hace mirar como si fuera la primera vez. Entonces ves a otro haciendo lo que tú haces, sin dejar de hablar o de leer el periódico, sin salirse de su propia monotonía.

Gestos como subirse las gafas por el marco en lugar de empujando el puente con un dedo o limpiar cuidadosamente la cucharilla del café en la taza antes de apoyarla en el plato o chasquear los dedos sin que apenas suene. Son cosas que no dicen nada de ti, que no te identifican en absoluto, pero al verlos en otra persona te hacen sentirla más asequible, menos extraña.

Lo hacemos para acercarlos (a los otros) más a nosotros, para hacerlos más nuestros, pero nos equivocamos al simplificarles, al cosificarles para poder abarcarles, porque no lo son, no son simples, ni abarcables...

Puede que sea una pérdida de tiempo, pero es MI pérdida de tiempo

Y no todo es opinable, hombre ya!

Si a ti te vale, por mi...

- ...

- Hubo un tiempo que me hubiera molestado eso que has dicho... que pena, ya ni eso... pero vamos que si, que vale, que lo que quieras... además es superverosimil todo... fantástico... 

- Pero no me des la razón cómo a los locos!

- Preferimos que se nos llame enfermos mentales...

- Vete a la mierda...

A punto de quedar sumergida en esa "antilógica" tan materno-filial de "como no me cuentas nada, tengo que rebuscar en tus cajones", le he aconsejado (muy sutil y despreocupadamente) a alguien que cambie de contraseña del mail

A punto de quedar sumergida en esa "antilógica" tan materno-filial de "como no me cuentas nada, tengo que rebuscar en tus cajones", le he aconsejado (muy sutil y despreocupadamente) a alguien que cambie de contraseña del mail

Por si sucumbo a la tentación?

No.

Por lo que me pueda encontrar.

El buenismo

"Líbrame de las aguas mansas, que de las bravas me libro yo"

El buenismo es una práctica, por suerte, no demasiado habitual. Para contextualizar, digamos que podemos dividir a nuestros conocidos (por no ponernos a generalizar con la población del planeta) en grupos en función de su grado de bondad relativa (la bondad absoluta no existe). Así tendríamos a los que podemos calificar como buena gente, a los que podemos calificar como "ni pa ti ni pa mi" y a los que mantendríamos alejados de nuestras madres e hijas y si estuviera en nuestras manos también de convertirse en altos cargos de la administración; pues aún tendríamos un cuarto grupo, los buenistas. Los buenistas parecen buenos, actúan como si lo fueran, aconsejan, se ofrecen, muestran lo que podríamos denominar una actitud activa de bondad, ellos son buenos y quieren que se les reconozca por ello. Vienen a ser de la misma calaña moral de los que se autodefinen como los más humildes y se quedan tan anchos. Porque ellos parecen buenos, pero no lo son.

Dentro de los buenistas existen a su vez dos tipos. Tenemos los buenistas listos, que saben lo que son y se aprovechan de ello, y los buenistas lerdos, que creen que en realidad son buenos. Los especímenes del segundo tipo no sólo creen que se puede hacer distinciones a la hora de ser bueno, que es algo en lo que la mayoría podríamos estar deacuerdo, sino que se creen dotados con la capacidad de poder elegir quienes lo merecen y quienes no. Son jueces y parte. Son los peores de todos.

El problema es que no resultan fácilmente identificables. No se les ve venir hasta que es demasiado tarde. Es como tratar de agacharse en un bosque lleno de cazadores cuando suena un disparo; cuando lo has oido, ya ha pasado. Una vez caido el telón pasan por tu mente aquella vez que "despellejaron sutilmente" a alguien a sus espaldas (cinco minutos después de apoyarle en su desgracia y planear su salida del agujero con su inestimable ayuda),  todas las anécdotas que contaban en las que curiosamente, de un modo u otro, siempre quedaban bien o cada vez que fruncían el ceño cuando no recibían su cuota de admiración pública por sus denodados esfuerzos por hacer felices a los demás.

Eso si, cuando se les descubre es imposible echarles nada concreto en cara, porque es más lo que dejan por hacer, nunca por su culpa obviamente, que lo que hacen. Apenas dejan tras de sí un poso amargo de decepción y esa duda que se instala en tu cerebro y  de la que ya no te puedes librar y que te hace, o bien preguntarte constantemente si los que considerabas buenos todavía lo son (o si lo fueron alguna vez), o bien dividir a la gente entre los hijoputas y los ni fu ni fa y ahorrarte la duda.

Hijoputismo de salón

El hijoputismo de salón es como el toreo de salón, plástico y de belleza intrínseca, pero poco práctico cuando te enviste un bicharraco de quinientos kilos. Viene a ser un hijoputismo teórico, de estrategia, no provocará guerras ni ERE´s pero tampoco es inócuo, produce un daño menor, pero doloroso.

El hijoputismo de salón puede ser activo o pasivo. El hijoputa pasivo además de hijoputa es cobarde (una joya!), siembra una duda, una posibilidad, una idea, un "menganito vendrá a la cena" o "fulanita ha preguntado por tí", más falsos que las lágrimas de Leticia Sabater en DEC, y se sienta a esperar el golpe. El activo, además de sembrar la duda, monta la cena y se asegura de que menganito esté fuera del país.

Los hijoputas de salón también disfrutan con la humillación y el desencanto ajenos, pero lo hacen en solitario, no se jactan, no alardean, pero se puede ver una leve mueca de satisfacción dibujada en sus rostros cuando todo sale bien mal.

¿Tú ya eras así antes? (II)

Frúnzase el ceño, tuérzase el gesto, adelántese la cabeza sobre la vertical del cuerpo, incorpórese una mirada de absoluta incredulidad y pregúntese como si te acabaras de dar cuenta de que la respuesta a la pregunta cuatro era la b... y hubieras marcado la a.

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¿Tú ya eras así antes?

Ladéese la cabeza hacia la derecha, piérdase la mirada en el infinito, póngase cara de no entender un carajo y hágase la pregunta con el mismo tono de voz que si se estuviera preguntando por la teoría de cuerdas.

¿Te parece poco?

- ¿Qué me vas a regalar?

- Nada.

Hasta aquí

Y le dije:

Mientras me importes hasta aqui - y señalé, con la palma de la mano paralela al suelo, la altura de mi estómago - todo irá bien. Porque si vuelves a importarme esto - y coloqué mi mano todo lo que pude por encima de la cabeza - todo lo que hagas volverá a dolerme.

O no?

Y enfrentadas, pupila contra pupila, preguntó

¿Qué quieres?

Y se quedó sin respuesta

Para ti

- Toma, lo he hecho para ti.

Y se quedó allí esperando a que abriera el pequeño paquete con esa sonrisa naciente en los labios que apenas la dibujaban para mi.

- Vaya. 

Sólo acerté a decir eso, “vaya”, y a poner una cara de sorpresa y desconcierto que, como siempre, no era la esperada.

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