Otro día de pseudobilocación superado. Aunque de las veces que giro la cabeza para mirar a mi espalda, empiezo de desear que Lamarck hubiera tenido razón y me creciera un ojo en el cogote, por aquello de que la función crea el órgano.
Ayer crucé la ciudad escondiéndome. Apunto una cosa más, y no son pocas, de la que avergonzarme.
Y sigo flasheada por cómo llegue sin proponérmelo justo a dos calles (con historia). Me parece mentira que llégase de la una a la otra sin saber cómo ni por donde, como en los sueños, que doblas la esquina y con total normalidad has cambiado de ciudad...de hecho he decidido pensar que no estuve allí, aunque sólo sea porque debía estar a kilómetros de distancia.
Y acabé tomando cañas en el bar menos glamouroso de toda Zaragoza, con la compañía que hace meses se me antojaba insoportable.
Y así (y esta es la cuarta frase que empiezo con un "y", aunque todavía habrá una quinta) donde dije digo digo Diego y me quedo tan ancha.
Las parejas mayores de 60 lo bailaban todo. Sabedoras de esos pasos que sirven igual para una ranchera, que para un pasodoble. Curados a base de años de ese mal tan adolescente que es la vergüenza.
La duda es un arma de doble filo. Te permite, por una parte, especular con las posibilidades e incluso prever un final acorde con tus necesidades preferencias. Por otra parte, te mantiene en un estado de incertidumbre que, a la larga, resulta agotador.
Y si, son geniales... como todas las Fiestas de todos los pueblos. Porque, por suerte, lo de menos es QUÉ o CÓMO se celebra, lo importante es celebrarlo.
Hace una mañana de verano de las de mi pueblo. De esas en que ibas al cursillo de natación casi con jersey. Nunca me gustaron esos cursillos. Todavía hoy, el olor a cloro de las piscinas me produce cierto desasosiego... un malestar inexplicable... como un escalofrio de película de terror.
Hace una mañana de esas para pasear, para ir de compras, para perderse. Y qué hago yo? Yo me quedo en casa. Porque estoy sola y eso pasa tan pocos días al año, 5 con éste, que hay que aprovecharlo. Sentarse a exprimir la soledad como un limón, con tenedor y todo.
PD: Obran en mi poder las primeras pegatinas de toda la historia de mi garito de Fiestas (es lógico, las he hecho yo XD). Y no es vanidad, es que son unas obras de arte!
La Rosenvinge tiene esas letras a medio camino entre la genialidad y el suicidio colectivo. Fascinante en cualquier caso.
Quedan 9 días para las Fiestas de mi pueblo, que son todo un clásico en este blog (I, II, III, IV y más).
Las espero y las temo a partes iguales, es lo bueno de las cosas que no se pueden planear.
Veremos.
Este año tenemos escritor de pregones de postín (no como la del año pasado XD), que ha amenazado, por cierto, con un pregón para mentes abiertas. Presiento desnudos (artísticos o no), filigranas dialécticas sin ton ni son e incluso alguna que otra jota castellana a dos voces. Fantabuloso en cualquier caso.
Sólo espero que este año si, por fín, me dejen la casa para mi sola. Y entonces no habrá nada (NADA) que pueda hacerme torcer el gesto.
En el descenso a los infiernos en que se ha convertido Hospital Central durante las... demasiadasnosecuantas últimas temporadas, algo así debería hacer plantearse a los productores un final digno.... o uno indigno, pero un FINAL.
El sábado salí sin ganas, como tantas noches. Hacía un calor espantoso y uno de nuestros bares seguía cerrado.
Las soluciones de emergencia suelen funcionar a medias y las invitaciones a acompañara un grupo de chicos a mi no me funcionan NUNCA.
Me mareé (autodefensa? XD). Dejé de escuchar la ensordecedora música del último garito y todo empezó a darme vueltas en silencio (a la una de la mañana).
Salí, todo lo digna que pude, a la calle y me senté en un banco (bendito banco). Estás pálida, me dijo, nunca te había visto asi.
Y entonces... me puse cafre (un 7 en la escala geniera de cafrismo). Me negué a que me acompañaran, a que me pidieran un taxi y a irme a cualquier otro sitio que no fuera mi casa y mi cama.
Y si aun así insiste qué es: masoquismo? cabezonería? culpabilidad? muerte cerebral?